¡Vaya palo al Boss!

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¡Vaya palo al Boss!

Mensaje  Scarletbegonias el Lun 23 Mayo - 19:51

Hola,

Vaya por delante que no asistí al espectáculo, suelo ir a conciertos y el circo la verdad nunca me ha pillado, mi hermano (que se vino conmigo a Barcelona en 1981) y su mujer sí, y eso que la últiva vez que le vieron en Madrid dijeron que no volverían, pero hace ya un tiempo de eso y además era la gira en la que supuestamente se centraría en The River........... FRAUDE total, solo siete canciones del disco sonaron ayer en el Bernabeu, para desolación de Javi, toco más temas del siguiente, Born In The USA, y todo regado con un sonido INFAME (según mi hermano y según la crónica de El Pais) que hoy en día NO se justifica con aquello de "ya sabes....es un estadio". Simplemente no se lo han currado (equipo de sonido, amplificación correcta, pruebas concienzudas, trabajo duro en la mesa.....) y las entradas "a kilo de percebe gallego de tamaño king-sice", un completo despropósito.

Nadie en la prensa tiene huevos para decirlo alto y claro (no vaya a ser que en la próxima no tengas buenas entradas "por la patilla") todo lo más comentan que el sonido no estuvo a la altura". ¿Absolutamente nadie?, afortunadamente NO, hoy ha habido quién a tenido los cojones necesarios para salirse "del pesebre".

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/05/22/actualidad/1463947907_086554.html

Bruce Springsteen, ¿por qué te olvidas de ‘The River’?

En su visita a España, el músico se centra cada vez más en el espectáculo de masas y ejercer de 'showman' que en mirar con valor a su fabuloso legado

FERNANDO NAVARRO
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23 MAY 2016 - 08:49 CEST


Bruce Springsteen se ha acostumbrado a tener un directo tan apabullante que se ha olvidado de lo más esencial: qué hacer con él. Desde su condición de rockero de vieja escuela, con un sonido que descansa en una banda perfectamente engrasada, sin artificios pirotécnicos y muchísimo oficio, batalla y carácter, el músico de Nueva Jersey es capaz de lo mejor, esto es, de despojarte de todas tus riendas, llevarte a una república invisible de emociones y hacerte creer durante los minutos que duran una de sus grandes canciones que estás asistiendo a un momento irrepetible en tu vida.

Es ese momento que tanto se repite entre los que acuden por primera vez a una de sus actuaciones, acompañado de una frase fácil de oír a la salida de uno de los muchos lugares en los que toca: “Es el mejor concierto de mi vida”. Y seguro que lo es, sobre todo para esa enorme masa –porque es enorme y no para de renovarse- de asistentes a sus conciertos –intuyo que esos mismos no asisten a más de cuatro conciertos a lo largo del año- , formada por los que acuden a ese acontecimiento social y mediático llamado Springsteen, aunque detrás de ese apellido que suena desde hace mucho a marca global se guarde un hombre de carne y hueso, un músico cuyos discos más recientes cada día tienen una trascendencia artística menos relevante hasta el punto de que ni él mismo se acuerda en sus conciertos de las canciones que los formaron. Porque no se trata de hablar del debate manido de si el Bruce de este siglo tiene algo que ver con el del siglo XX, con el de aquella época entre 1970 y 1990 en la forjó su leyenda, sino de algo más preocupante para un compositor: su música actual no resiste ni una gira. ¿De verdad alguien se acuerda del bochornoso High Hopes, su último testimonio en el estudio de grabación? ¿De verdad Springsteen se quiere explicar a través de un disco tan artificial y de buena parte de lo que le ha precedido en este siglo?

The River, por el contrario, siempre ha sido un álbum fundamental para entender al verdadero Springsteen artista, al magnífico narrador norteamericano a través de canciones, al músico que como nadie usó el rock’n’roll como vehículo para acercarnos extraordinariamente los segundos actos de las vidas americanas a los que se refería Scott Fitzgerald. The River, por tanto, siempre ha sido y será un disco que resista el paso del tiempo, que seguirá “trascendiendo en la existencia de las personas”, tal y como me decía hoy domingo uno de sus máximos protagonistas, Stevie Van Zandt, el guitarrista de la E Street Band, pieza fundamental de ese doble álbum y de la mejor etapa de Bruce Springsteen y la banda.

Con la excusa de su 35 aniversario, Springsteen no solo publicó una caja conmemorativa con outtakes –como esos fabulosos Little White Lies, Stray Bullet o Meet in the City, canción con la que abrió su concierto en el Madison Square Garden en esta gira-, sino que además se lanzó de nuevo a la carretera. Coló a todo el mundo esa idea: volver a tocar íntegramente una de sus obras cumbres. Y, sin ser el mejor de los mundos posibles para un tipo con un talento como el suyo, nos bastó. Springsteen, el acontecimiento social pero también el creador del universo de The River, volvía de gira y además nos iba a hacer un regalo: las 20 canciones de ese álbum mítico, ese caudal arrasador de influencias que desembocan en un discurso único y redentor, tocadas de arriba abajo, desde sus himnos de rock’n’roll juvenil de promesas de bar y carreteras infinitas hasta sus baladas asfixiantes y sombrías, como relatos callejeros y desmedidos del nuevo cine americano de los setenta. Pero no. Fue una falsa promesa, por no decir una estafa. En Estados Unidos sí ha hecho ese regalo, pero en Europa ni se le ha pasado por la cabeza, como ha quedado demostrado en sus recientes conciertos en Barcelona, San Sebastián, Lisboa y Madrid.

Para los que, parafraseando al propio Springsteen, encontramos “la llave del universo” en el interior de ese disco, como de otros suyos, que no nos haga ese regalo de tocarlo íntegramente es un fastidio importante, ya que teníamos oportunidad de disfrutar de algunas de sus composiciones más impactantes y difíciles de oír como Stolen Car o Wreck on the Highway. Así que ha sido un fastidio, pero nada comparado con lo que se vio en su actuación anoche en Madrid, donde reventó aún más esta posibilidad. Si bien es cierto que el músico de Nueva Jersey tiene un directo apabullante y es capaz de lo mejor, también lo es que puede supeditar todo a montar un espectáculo como pensado para toda la familia. Dicho con otras palabras y tirando del hilo cinematográfico que tanto le influyó en sus mejores obras, el músico que rastreó la imaginería de John Ford, Howard Hawks o Martin Scorsese puede convertirse en una superproducción de Disney, limando con tozuda predisposición su cancionero de tal forma que solo sobreviven los hits buen rollistas.

En mi conversación con Steven Van Zandt hemos hablado del tema. Le costaba justificar por qué no han tocado en Europa The River completo, como se hizo en Estados Unidos, como prometía la gira. “Ya sabes, a Bruce le gusta sentirse libre para cambiar el repertorio de un día para otro. Siempre quiere cambios, pero también le gusta ver a la gente bailar y moverse”, ha dicho, pero poco después ha reconocido que él hubiese preferido incluir más canciones del disco, como le hubiese encantado tocar varios de los sobresalientes descartes de aquella época, de la que él era mano derecha de Springsteen, y que andan desperdigados entre la reciente caja conmemorativa y la caja Tracks. “Muchas de esas canciones son para mí gusto lo que más me gusta de la E Street Band con Bruce. Si por mí fuera, en el siguiente concierto incluyo unas cuantas”, ha señalado enfundado en sus gafas de sol y pañuelo en la cabeza bajo el sol primaveral de Madrid.

A decir verdad, hace mucho tiempo que Springsteen ha decidido ser el gran showman del rock, el hombre espectáculo, el líder de masas, que maneja con absoluta perfección los tiempos de un gigantesco acontecimiento musical que supone un concierto en un estadio. Está claro que muchos músicos matarían por tener la mitad de su carisma y es envidiable su facilidad para llevar el ritmo de un concierto de más de tres horas, pero conviene preguntarse para qué sirve esta gran verbena, en la que el músico bajó a darse su baño de muchedumbre a partir de la segunda mitad del concierto tras arrancar como una apisonadora rock con la impecable tanda de Badlands, My Love Will Not Let You Down, Cover Me –sonó bárbara-, The Ties That Bind, Sherry Darling y Two Hearts. En las tres primeras, de hecho, no hubo ningún recreo innecesario y Springsteen y la E Street Band consiguieron lo que consigue el mejor rock’n’roll del que siempre fueron representantes: poner al oyente contra las cuerdas para que se vea en el espejo a partir de guitarras hirientes, un bombeo trepidante de batería y un saxofón desbocado. Es algo que también se consiguió con Johnny 99, Because the night y, sorprendentemente, asomó en Human Touch, una canción que perdió su poso inocentón de pop mal logrado y bramó con ganas.

Cuando quieren, no hay quien los pare, y eso que andan desaprovechados guitarristas como Nils Logfren y el propio Little Steven. Pero son ellos los que se ponen el freno, o mejor dicho el jefe, The Boss, que manda sobre la banda y fue quien prefirió anoche en Madrid -y suele preferir en sus visitas a España- darse no sé cuántos paseítos, tocar no sé cuántas manos y chorrearse de sí mismo. Y todo mientras el sonido en el estadio Santiago Bernabéu fue lamentable en buena parte del coso, algo que suele pasar cuando se toca en algo tan deleznable para la música en vivo como un estadio de fútbol y algo que ya le ha sucedido en varias ocasiones a Springsteen –el músico que en la gira original de The River recorría con su guitarra Fender cada rincón de los pabellones para ver cómo sonaban- y que parece que no le preocupa solucionar mientras el show (siempre con todo vendido) must go on.

El show debe continuar y continuó bajo ese patrón de autocomplacencia y fiesta. Paradojas de la vida, el mayor perjudicado fue el homenajeado: el disco The River, que voló por los aires aún más que en Barcelona y San Sebastián cuando su creador se lo pasó por la torera en detrimento de Waitin on a Sunny Day, The Rising, Land of Hope and Dreams, Born in the USA, Glory Days o Dancing in the Dark. Muy bien, pero para mí simplemente ya basta de este show. No solo no me impone ni me clava en el sitio, sino que me parece una película de sobremesa estupendamente producida pero que no me impacta lo más mínimo. No lo hace ni lo hará por muy buen rollo que genere. Supongo que es porque me creí en su día al músico que explicaba preocupado cómo de importante era haber puesto seguidas las canciones de I Wanna Marry You y The River para dar sentido al relato, que defendía con una pasión desmesurada sobre el escenario. Primero, estaba su obra; luego, todo lo demás. Hoy en día, junto al negocio tremendamente rentable que es vivir de la nostalgia -sea Bruce Springsteen, los Rolling Stones, Paul McCartney o The Who-, está la verbena, al menos cuando viene a tocar a España.

Un concierto de Springsteen es un fabuloso espectáculo lúdico. Lo es, y es más que respetable. Pero también podría ser mucho más. Pienso en Bob Dylan cuando comentaba que le horrorizaba pensar que alguien tararease sus canciones, que cantasen con él al unísono, como si fueran canciones de acampada. Me imagino su cara de repóquer o farol al ver a no sé cuántos niños sobre el escenario y chicas con camisetas de tirantes para ver si se fijan en ellas o salen por las pantallas. Y eso que Dylan prohíbe sus pantallas en los conciertos y no sabemos qué piensa de los benditos niños. Pienso en Neil Young explosionando sobre el escenario en un diluvio eléctrico, centrado en su locura con el sonido, intentando que el mundo ruja como él cree que tiene que rugir mientras le importa un pepino si la gente da palmas. Pienso en Tom Waits aullando con su voz traga-enanos y aporreando el piano borracho sin detenerse en si hay que bajar por el pasillo para saludar al público o prenderle fuego al señor del móvil. Pienso en Leonard Cohen susurrando con tal convicción que más te vale no abrir la boca para disfrutar. Pienso en todos ellos, y en unos cuantos más, y luego pienso en Springsteen, con tanto talento como todos ellos, divirtiéndose y divirtiendo, pero dejando de lado su cancionero más desgarrador, dando la espalda a la posibilidad de ser un artista todavía inquieto, con algo que transmitir más allá de simbólicas declaraciones o decisiones -algunas recientes como no tocar en Carolina del Norte por una norma que dicta a los transexuales qué baño público usar- y distraer al personal con su karaoke de estadios.

El rock'n'roll no puede ser barata y facilona mercancía emocional con la que juguetear para pasar la noche

Desde que Springsteen se enchufó con todas las de la ley a la vida del directo otra vez con la E Street Band, allá por 1999, siempre da la sensación de que la última vez que lo ves sobre el escenario está en plena forma y sorprende más por la edad que tiene -66 años actualmente-, cuando la única verdad es que nunca volverá a ser lo que fue, representó, significó para el rock’n’roll en 1981, año de la gira de The River, que le trajo además por primera vez a España. Eso es así, por mucho que se le respete, admire, se le quiera y, sí, esté en plena forma. Porque desde hace tiempo se ha rendido a su figura mastodóntica, con aires tan mesiánicos para algunos que incluso le ven como candidato a presidente de Estados Unidos o lo que se le antoje. Pero al creador le ha devorado el showman.

Considero que Springsteen es un músico de primer nivel y creo que, incluso fuera del propio montaje que él mismo lidera con esta E Street Band diezmada sin Clarence Clemons y Danny Federici y que parece en gira de despedida aunque Stevie Van Zandt lo niegue en persona, podría sacar discos importantes, como esas incursiones al country, folk e incluso soul blanco que tanto le tiran y que parecen proyectos posibles guardados en el baúl que acabarían con esa obsesión juvenil y comercial de sonar en sus nuevos discos de rock entre las recomendaciones del Wal-Mart.

Anoche, como otras tantas noches, como otras tantas veces, oí a muchas personas decir: “Bruce es el puto amo”. Será el puto amo, pero y luego qué. Luego, nos olvidamos de lo más esencial: el rock’n’roll, el mejor rock’n’roll, tiene que empujarte allí adónde no te empuja nada más. No puede ser barata y facilona mercancía emocional con la que juguetear para pasar la noche. Y si lo es, que lo llamen otra cosa. Porque si Bruce Springsteen tiene que ser el puto amo del rock’n’roll que lo sea mirando a la cara, sin concesiones, con la cabeza bien alta, con el prestigio que todavía conserva, a su propio legado. Todo lo demás es verbena, y ésta igual que viene, se va. Sería la única forma de adentrarse en los últimos años de su carrera sin que parezca que el fabuloso río musical que representó está seco para siempre.


Claro y cristalino, lo que pasa querido Fernando es que esto (sonido infumable aparte) era evidente hace ya 25 years.

Saludos,

Ramón

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Re: ¡Vaya palo al Boss!

Mensaje  Scarletbegonias el Jue 26 Mayo - 6:21

Otro,

https://kuratti.wordpress.com/2016/05/22/la-verbena-de-la-paloma/

En este caso conozco personalmente al autor, un dylanómano cinco estrellas a su lado soy un pringao. A Antonio lo conocí en el hall del Archimboldi, concierto de Dylan en Milán el 2 de noviembre de 2013, al salir tomamos unas birrillas y charlamos. Un auténtico placer, por cierto también hablamos brevemente de Springsteen y dijo que no iba a caer de nuevo, mira por donde cayó.

Saludos,

Ramón

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Re: ¡Vaya palo al Boss!

Mensaje  BlueNote el Jue 26 Mayo - 7:22

Ya el que dio en Valladolid hace unos años fue terrorífico, primera y última vez que que le veré.

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Re: ¡Vaya palo al Boss!

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