... por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa

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... por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa

Mensaje  GSeoane el Lun 26 Mar - 18:56:03



Pereira sostiene que salió turbado de aquel breve coloquio y de la manera en que
había sido despedido. Se preguntó: ¿En qué mundo vivo? Y se le ocurrió la
extravagante idea de que él, quizá, no vivía, sino que era como si estuviese ya
muerto. Desde que había muerto su mujer, él vivía como si estuviera muerto. O,
más bien, no hacía nada más que pensar en la muerte, en la resurrección de la
carne, en la que no creía, y en tonterías de esa clase, la suya era sólo una
supervivencia, una ficción de vida. Y se sintió exhausto, sostiene Pereira. Consiguió
arrastrarse hasta la parada más cercana del tranvía y cogió uno que lo llevó hasta
Terreiro do Paço. Y mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su
Lisboa, miraba la Avenida da Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la
Praça do Rossio, de estilo inglés; y en Terreiro do Paço se bajó y tomó el tranvía
que subía hasta el castillo. Bajó a la altura de la catedral, porque él vivía allí cerca,
en Rua da Saudade. Subió fatigosamente la rampa de la calle que le conducía hasta
su casa. Llamó a la portera porque no tenía ganas de buscar las llaves del portal y
la portera, que le hacía también de asistenta, fue a abrirle. Señor Pereira, dijo la
portera, le he preparado una chuleta frita para cenar. Pereira le dio las gracias y
subió lentamente la escalera, cogió la llave de casa de debajo del felpudo, donde la
guardaba siempre, y entró. En el recibidor se detuvo delante de la estantería,
donde estaba el retrato de su esposa. Aquella fotografía se la había hecho él, en mil
novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el
perfil macizo de El Escorial. Perdona si llego con un poco de retraso, dijo Pereira.

Sostiene Pereira que desde hacía tiempo había cogido la costumbre de hablar con el
retrato de su esposa. Le contaba lo que había hecho durante el día, le confiaba sus
pensamientos, le pedía consejos. No sé en qué mundo vivo, dijo Pereira al retrato,
me lo ha dicho incluso el padre Antonio, el problema es que no hago otra cosa que
pensar en la muerte, me parece que todo el mundo está muerto o a punto de
morirse. Y después Pereira pensó en el hijo que no habían tenido. Él sí lo hubiera
querido, pero no podía pedírselo a aquella mujer frágil y enfermiza que pasaba las
noches insomne y largos periodos en sanatorios. Y lo lamentó. Porque si hubiera
tenido un hijo, un hijo mayor con el que sentarse ahora a la mesa y hablar, no
habría necesitado hablar con aquel retrato que se remontaba a un viaje lejano del
que ya casi no se acordaba. Y dijo: En fin, qué le vamos a hacer, que era su
manera de despedirse del retrato de su esposa. Después entró en la cocina, se
sentó a la mesa y retiró la tapadera que cubría la sartén con la chuleta frita. La
chuleta estaba fría, pero no tenía ganas de calentarla. Se la comía siempre así,
como se la había dejado la portera: fría. Comió rápidamente, entró en el baño, se
lavó las axilas, se cambió de camisa, se puso una corbata negra y se echó un poco
del perfume español que había quedado en un frasco comprado en mil novecientos
veintisiete en Madrid. Después se puso una chaqueta gris y salió para ir a la Praça
da Alegría, porque eran ya las nueve de la noche, sostiene Pereira.


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